El ingrediente más emblemático de la dieta mediterránea disfruta, de unos años a esta parte, de una merecidísima fama que, poco a poco, incrementa su consumo. Un prestigio que permanecía en la sombra, entre oculto e ignorado por potenciales consumidores. Hoy, este árbol milenario recoge sus frutos y el aceite de oliva ocupa el lugar que le corresponde, casi como los grandes caldos, mostrando con orgullo sus credenciales y una amplia gama de matices. A su escala cromática se suman aroma y sabor, valores al alza de esta gran reserva de salud.
El gran virtuoso de la dieta mediterránea, reconocido por sus múltiples cualidades dietéticas y nutricionales, no goza, sin embargo, del correspondiente consumo en nuestro país, cifrado tan sólo en torno al 15% de todo el aceite de oliva. Por otro lado, aumento considerable si se compara con el porcentaje obtenido a principios de los noventa, alrededor del 6,7%.
Este lento goteo tal vez se deba a la presión ejercida por otras grasas de semillas y animales, de precio más bajo, que dosifican en cierto modo su crecimiento, que no así su popularidad. Una fama ganada a pulso, por méritos propios y un objetivo firmemente enraizado en la calidad de todo el proceso de producción y, por consiguiente, del producto final, más fino y elaborado.
Contribuyen asimismo los avances tecnológicos de las almazaras y maquinaria moderna, sin olvidar los nuevos envases de diseño que mejoran su presentación y evitan el efecto oxidante de los rayos solares. En este sentido, el esfuerzo en I+D de organismos e instituciones oficiales, así como en formación y nuevas tecnologías, durante los últimos años es más que notable.
Al amparo de los nuevos estándares de salud y nutrición, sólidos pilares de la dieta mediterránea, siempre a caballo entre el mito y la realidad, el aceite de oliva ha cobrado recientemente mayor protagonismo. Valgan excusas o modas, nuevas corrientes o tendencias de consumo, que si bien no descubren nada, siempre dan que hablar. Una vez abierto el debate, conviene aprovechar la coyuntura y reconocer sus beneficios, que no son pocos, al menos como recordatorio y, eso sí, excelente soporte comercial, y mejor tarjeta de visita, sobre todo cuando el aceite viaja fuera de nuestras fronteras.
Tal vez este producto sea en esencia el mismo de ayer, plagado de simbología y mitología, aunque luciendo su versión mejorada en una indiscutible evolución que de nuevo remite a la calidad y a una mayor cultura del consumidor. Sin duda, estamos ante un valor seguro (de sí mismo), que sabe venderse y se siente comprendido en un contexto de cotización al alza casi comparable al noble trato que recibe el vino.
Desde la antigüedad, el olivo ha sido apreciado por sus frutos y el aceite que se obtenía. Originario de Oriente, fue introducido en España por fenicios y griegos. Los romanos extendieron su cultivo por toda la Península y los árabes perfeccionaron las técnicas de producción de aceite. La propia palabra es de procedencia árabe, proviene de “az-zait”, es decir, jugo de aceituna. Los españoles exportaron este producto a América durante los siglos XVI y XVII, lo que explica que se encuentre en California y otras zonas de Sudamérica.
Fuente: aceiteoliva.com
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